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Estaba enfermo. Muy enfermo. Y me llevaron allí, a aquel hospital.

 

Para seguir con mi muy mala suerte me dejaron postrado en la única cama libre de las dos de aquella habitación. Justo la que quedaba al lado de la puerta y lejos de la ventana. Esperando a la muerte.

 

 

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El ocupante de la otra cama, la cama al lado de la ventana, aún tenía la suerte añadida de que lo incorporaban una hora al día para que el líquido que anegaba sus pulmones tuviese la posibilidad de fluir y darle un poco de respiro.

 

Yo, por mi parte, sólo podía permanecer tumbado ensañándome en mi desgracia. Y encima, sin posibilidad de entretenerme mirando lo que ocurría fuera de aquellas cuatro paredes.

 

La envidia me corroía. La única persona con la que me podía comparar, tenía la suerte de que lo sentaban un rato cada día y además, podía mirar lo que ocurría fuera de aquella cárcel. Además, ajeno a mi sufrimiento, se dedicaba a contarme lo que veía desde allí: un maravilloso parque, con un lago, patos, gente riendo, niños jugando y corriendo, el sol maravilloso que lo regaba todo con su luz…

 

El caso es que no podía pasar sin sus relatos sobre lo que ocurría en el mundo real. Creo que él disfrutaba torturándome con sus relatos explicándome cada detalle: la banda de música, la feria con atracciones, los puestos de algodón de azúcar… Yo sólo podía acosarle con preguntas sobre detalles que él, fatigosamente, buscaba detrás de los cristales y me relataba con toda minuciosidad.

 

Los días y las semanas iban pasando, esperando los dos a que llegase aquél momento de evasión.

 

Una mañana, su fatigosa respiración dejó de atormentarlo para siempre. La muerte le llegó antes que a mí y se lo llevaron para siempre.

 

Mis sentimientos se veían mezclados, aún sabiéndome mal la pérdida de mi compañero de sufrimiento, por fin me podría acercar a aquella ventana, única conexión con el mundo real y de diversión, única posibilidad de escaparme con mi imaginación de aquel lugar de dolor y pesar. Sólo deseaba que no me tocase otro compañero como yo que no me dejase en paz preguntándome una y otra vez sobre las maravillosa vida que ocurría detrás de aquellos cristales. Iba a guardarlo todo para mí.

 

Y me cambiaron a aquella cama al lado de la ventana. No podría esconder una sonrisa de satisfacción. Pedí que me incorporaran sólo por un rato y así lo hicieron. La emoción me embargaba, quise saborear el momento. ¿Estaría aún la feria, los niños seguirían allí a esas horas, cómo sería de grande el lago que las barcas peinaban?

 

Giré mi cara despacio, poco a poco y miré de golpe hacia afuera para sumergirme en aquel golpe de mundo real. Y fue justo en aquel momento cuando empecé a llorar amargamente echando tanto de menos a mi compañero de cuarto y lamentando profundamente su pérdida.

 

 

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Gracias José Luis por tu dedicación desinteresada y tu tiempo, marcándonos con tu ejemplo, el camino.

 

 

 

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