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Aquella tarde del 13 de abril de 1737 el cuerpo de 52 años de Georg ya no aguantó más y se desplomó pesadamente sobre el suelo. Por más que su criado intentó reanimarlo, Georg siguió inmóvil. Sólo unos estertores por respiración y unos ojos inmóviles por mirada daban testimonio de que apenas seguía vivo.

 

 

 

Georg

 

 

 

Ni las sangrías del doctor, ni los cuidados de su criado pudieron mejorar la apoplejía de Georg. Sólo lograban ver unos ojos cansados, extraños, inconscientes y sin expresión alguna que yacían inmóviles en su propia cama.

 

 

Desafiando a la muerte casi segura, cuatro meses después Georg ya podía mover mínimamente parte de su cuerpo y balbucear alguna palabra. El médico le aconsejó entonces que tomase unos baños en Aquisgrán pero nunca más de 3 horas diarias o su corazón diría finalmente basta. Georg obligaba a su criado que lo dejase al menos 9 horas cada día dentro del agua caliente…

 

 

No había esperanza para nadie. Y mucho menos para Georg. Nunca había creído en Dios.

 

 

Sin embargo, poco a poco y para sorpresa de todos, Georg fue recuperando algo de su movilidad.

 

 

Durante los siguientes 4 años, el desánimo, las lágrimas, la incontenible rabia, la ira, la furia, el mal genio, y el sufrimiento dominaron la vida de Georg. Era un inútil, no podía trabajar, no podía pensar con claridad. Todo era una pérdida de tiempo. Sólo dormía y dormía y sólo quería dormir para olvidar.

 

 

Entonces, el 21 de Agosto de 1741 recibió una carta. Era un poema. Un poema que empezaba con “Confort ye!” que significa: Consolaos!

 

 

Sin duda, sin ninguna duda, se trataba de una burla. Un poema religioso, un oratorio. Para él, ateo convencido y encima ahora que ya no podía trabajar, ni crear…

 

– “Clama tu palabra con firmeza”

– “Y Él te purificará”

– “Así habló el señor”

– “Gloria a Dios”

– “El Señor te salvará”

 

 

Tonterías! Burlas! Estupideces! Pero siguió leyendo desde esas manos trémulas, esos ojos quasi inmóviles, desde ese cuerpo falto de fuerza y movimiento, desde ese cerebro embotado…

 

 

Georg se levantó fatigosamente, se sentó en su escritorio y empezó a escribir. La locura lo dominaba. Día y noche, durante tres semanas no dejó de escribir, chillar, saltar, gritar, sin comer nada. Su criado estaba convencido de que finalmente había perdido la cabeza.

 

 

Después de aquellas tres semanas, acabó con un “Amén” su obra.

 

 

Bajó a la cocina y comió como si no hubiese mañana. Estaba recuperado. El criado no daba crédito, los acreedores no daban crédito. Increíble.

 

 

Georg estaba recuperado, riendo, contento, sin preocuparse por las inmensas deudas que tenía.

 

 

 

 

 

 

El otrora ateo Georg Friedrich Haendel murió en Londres el 14 de Abril de 1759. Está enterrado en la Abadía de Westminster y aunque murió un sábado, él quería haber muerto un día antes, el 13 de Abril, en Viernes Santo, tal y cómo murió casi 2000 años antes El Mesías, nombre de una de sus obras más conocidas y que logró escribir en tan solo tres semanas.

 

 

Siempre rechazó cobrar cualquier clase de emolumento por esta obra.

 

 

“Händel es el compositor más grande que ha existido jamás, me descubro ante él y me arrodillaría ante su tumba.” Ludwig Van Beethoven

 

 

“Él es el maestro de todos nosotros.” Haydn

 

 

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