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Monthly Archives: agosto 2009


En el pueblo de mi madre hubo, abajo, a unos 800 metros de la casa, dos giros después, uno de 180 a la derecha y otro de 90 grados a la izquierda, llegando al cruce, hubo, el lugar donde paraba el autocar.

En su momento era la única forma de llegar a algo de lo que, los que venimos de la ciudad, considerábamos algo de civilización. A día de hoy, cuando el dichoso y madrugador autocar es menos que necesario, las prestaciones del lugar han mejorado. Ahora ya tenemos marquesina para cobijar a los tres habitantes que tiene la aldea en el invierno y que dada su edad, ya no van a la civilización.

Me acuerdo de que cuando era pequeño, pero muy pequeño, teníamos que levantarnos completamente de noche para coger, mi madre y yo, el entonces tembloroso autocar para ir a la compra. No recuerdo la hora, pero debería pasar a eso de las 6, no más de las 7 de la mañana. Era horroroso el levantarse pero sólo la ilusión de algo diferente en el largo verano de los colegiales conseguía hacerme salir de la cama.

El mundo, la carretera, las personas, e incluso con la llegada de la marquesina, aquel rincón es diferente.

Salvo por algo que podríamos decir que se mantiene en el tiempo.

Se trata de la costumbre. La costumbre que tenía lo que a mí entonces me parecía un chico y ahora un señor maduro. Y esa costumbre no es otra, salvo que llueva y sea mucho, que sentarse allí. A esperar. A esperar a que pase el tiempo. Lo hacía ya entonces y lo sigue haciendo ahora levantando la mano casi con la misma energía a tu paso.

Y si entonces no me daba cuenta, hoy sí lo hago. Sé con seguridad que si me tomase el tiempo suficiente, si nos tomásemos el tiempo suficiente, podríamos aprender más de ese chico que en cinco años de estudios en la Universidad.

Siento el no poder agradecerle todo lo que me hace pensar y sentiré un vacío inmenso cuando no nos volvamos  a ver.

Gracias a todos por volverme a leer.

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