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Érase una vez un niño y un viejo. El niño tenía muy mal genio y se enfadaba por pequeñas cosas. Esos enfados eran muy frecuentes, muchas cosas le sentaban mal, todo le parecía un ataque y él respondía, respondía hiriendo a los demás, enturbiando el ambiente lo que a su vez, en muchas ocasiones, provocaba la reacción negativa de los demás. Con lo cual, siempre acababan empeorando las cosas.

Sobre el viejo no hace falta decir que había vivido muchos años. Y además de vivirlos, había aprendido durante ellos. El viejo, viendo lo que hacía su nieto, tuvo a bien pedirle algo.

– Hijo mío, te voy a pedir algo, te voy a pedir que no te enfades, que nada te siente mal, que relativices las cosas y que le des la importancia que se merecen. Que valores lo que tienes, que valores lo que eres y si no estás a gusto con lo que eres, lucha por cambiar a mejor. Eso requiere esfuerzo, lo sé. Muchas veces el esfuerzo de toda una vida, pero se puede conseguir.

Como era costumbre, el niño reaccionó mal. Le estaban atacando. Alguien, aún siendo su venerado abuelo, le estaba reprochando su mala conducta. Le estaba recordando su complejo de inferioridad y no lo soportaba. Y reaccionó, e intentó herir a su abuelo.

Rato más tarde, volvió.

– Abuelo, necesito cambiar. No sé qué me pasa, pero me enfado muy a menudo. No lo puedo evitar. Yo soy así.
– Hijo mío, ¿Harías algo por mí?
– Claro abuelo.
– ¿Ves aquella valla de madera que tapa el jardín?
– Claro abuelo.
– ¿Has visto aquellos clavos grandes que hay en el cobertizo encima del arcón?
– Claro abuelo.
– Pues hijo mío, cada vez que te enfades con alguien y lo hieras, coge un clavo de aquellos, coge un martillo y golpea el clavo hasta que entre totamente en la madera de la valla. Descarga toda tu furia en ellos y piensa, piensa, hijo mío, piensa.
– Pero abuelo, esos clavos son muy grandes y me costará mucho clavarlos en la madera.
– ¿Quieres cambiar?
– Sí.

A partir de entonces, cada vez que el niño se enfadaba, al rato, cogía un clavo y el martillo y se dirigía hacia la valla. Los primeros días, el trabajo era enorme: varios clavos al día. Poco a poco, casi sin darse cuenta, el número de clavos que tenía que clavar en la valla cada día, iba disminuyendo. Con el tiempo, sólo tenía que clavar uno cada varios días. Mucho tiempo más tarde, ya no tuvo que clavar ninguno. Ya no se enfadaba. Se aceptaba tal cómo era, y lo que no aceptaba, luchaba por mejorarlo. Ya no hería a nadie, ya no insultaba a nadie, ya no le levantaba la voz a nadie y si lo hacía, pedía disculpas. Relativizaba todo. Se daba cuenta de la suerte que tenía por respirar sin problemas, por andar sin problemas, por pensar sin problemas, por no pasar hambre cada día, por no esperar la muerte cada día. Y se daba cuenta de que la mayoría de cosas buenas que tenía en su vida, eran las más importantes y que además, no había hecho nada especial por merecerlas. Había aprendido a fijarse en otros niños que iban en silla de ruedas, a otros niños que tenían cáncer, a otros niños que no podían pensar bien, a otros niños que pasaban hambre, a otros niños que no tenían ninguna oportunidad. Y se fue a ver al abuelo.

– Abuelo.
– Díme hijo mío.
– Ya no tengo que clavar más clavos.
– ¿Ya no te enfadas?
– No, abuelo. He aprendido. He aprendido a no enfadarme y si lo hago, enseguida pido disculpas. He aprendido a no herir a nadie aunque me hieran. He aprendido a hacer de las críticas acicates para mejorarme, para hacer las cosas mejor.
– Me alegra mucho oírte decir eso, hijo mío. Ahora ves, y arranca todos los clavos que clavaste.
– Pero…

Y fue. Estuvo varias semanas arrancando los gruesos clavos. Y el esfuerzo no valió la pena.

– Abuelo, ya he sacado todos los clavos pero la valla ha quedado llena de agujeros. Ya no es la misma.
– ¿Y qué esperabas?
– No lo sé.
– Lo mismo pasa cada vez que hieres a alguien.
– Ya, lo he entendido, es como si le clavase un clavo. Pero ahora si me enfado con alguien le pido perdón!!!!
– Ya…
– Ummm…! Gracias abuelo. Te quiero.
– Yo también a ti, hijo mío.

Dedicado a mi abuelo que me crió, que me acompañó toda su vida, que fue mi padre, que tanto me quiso, que tanto quise, que tanto sigo queriendo y que tanto, tanto, me enseñó en la vida. Espero volver a encontrarte.

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8 Comments

  1. Buenos días,me ha paracido una historia de lo más interesante,entiendo que es un hecho verídico,ya que el autor se lo dedica a su abuelo,de todas formas creo que todos podríamos ponerlo en práctica,por que a veces no nos damos cuenta del alcance de nuestros actos,gracias me ha hecho pensar mucho,un saludo!!

  2. Espero mi nieto diga lo mismo de mi…..eres un ser hermoso….

    • Muchas gracias Yuli. Desde luego, no lo soy.

      Me alegro de que te haya gustado.

  3. Felicidades Juanma. Un relato precioso. Un besazo

  4. Eso espero Mizpah, eso espero. Lo dudo, él también lo dudaba, pero eso espero.

    Gracias por leer.

  5. Le encontrarás.
    Es más, aquellos que dan lo mejor de su vida por hacer de ti alguien mejor, no dejan nunca de estar contigo.
    Preciosas palabras…
    Un beso.

  6. Gracias Ángela.

    Una de mis lectoras más fieles.

    Un beso grande.

  7. Cosas:

    – se lo he leido a mi hijo de 5 años. Aún es pequeño para entenderlo pero es bueno que lo haga hecho. El es muy afortunado. Tiene 4 abuelos que disfruta a menudo.

    – esta noche a muerto la abuela de mi prima. Toda una vida. Espero que descanse alli donde este.

    – tendre que pensar en un metodo “punificador”…yo tambien hiero con frecuencia y ya no soy una niña…Los metodos clásicos, tipo “un dia a la semana sr bueno con todo el mundo” no dan resultado…

    Un beso, JM


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