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Monthly Archives: marzo 2009


– La visión de lo qué o quién quieres ser es la más grande propiedad que puedes tener. (Paul Arden)
– Sin tener una meta es difícil alcanzarla. (Paul Arden)
– No tengas miedo de trabajar con el mejor. (Paul Arden)
– Tus proveedores serán tan buenos como tú lo seas. (Paul Arden)
– ¿Cuánto de bueno quieres ser? (Paul Arden)
– Todo lo que me ocurre es culpa mía. (Paul Arden)
– No ocultes tus ideas, exponlas al mundo. (Paul Arden)
– No guardes tus conocimientos, dáselos al mundo. (Paul Arden)
– No esperes a la siguiente oportunidad. (Paul Arden)
– Cuando puede ser hecho, hazlo. Si no lo haces, no existirá. (Paul Arden)
– Si no puedes resolver un problema es que estás siguiendo las reglas. (Paul Arden)

Paul Arden

Paul Arden

– Yo nunca he tenido un error. He tenido 10.000 ideas que nunca funcionaron. (Benjamin Franklin)

Benjamin Franklin

Benjamin Franklin

– De las 200 bombillas que no funcionaron, 199 me dijeron que tenía que cambiar para que funcionase la número 200. (Thomas Edison)
– Es curioso, pero la inspiración siempre me vino mientras estaba trabajando. (Thomas Edison)

Thomas Edison

Thomas Edison

– Si no nos perdemos, nunca encontraremos una nueva ruta. (John Littlewood)

– Equivócate, equivócate y vuélvete a equivocar pero cada vez equivócate mejor. (Samuel Beckett)

Samuel Beckett

Samuel Beckett

– Nosotros no podemos cambiar la cartas que nos repartieron, pero sí podemos decidir cómo las jugamos. (Randy Pausch)

Randy Pausch

Randy Pausch

– ¿Por qué buscar la excelencia cuando la mediocridad es suficiente? (Un mediocre)

Estas son unas pocas frases sobre las que me gusta reflexionar cada día y tomarlas como reglas de vida. Iré añadiendo más con el pasar del tiempo.

¿Cuáles son las vuestras?

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Érase una vez un niño y un viejo. El niño tenía muy mal genio y se enfadaba por pequeñas cosas. Esos enfados eran muy frecuentes, muchas cosas le sentaban mal, todo le parecía un ataque y él respondía, respondía hiriendo a los demás, enturbiando el ambiente lo que a su vez, en muchas ocasiones, provocaba la reacción negativa de los demás. Con lo cual, siempre acababan empeorando las cosas.

Sobre el viejo no hace falta decir que había vivido muchos años. Y además de vivirlos, había aprendido durante ellos. El viejo, viendo lo que hacía su nieto, tuvo a bien pedirle algo.

– Hijo mío, te voy a pedir algo, te voy a pedir que no te enfades, que nada te siente mal, que relativices las cosas y que le des la importancia que se merecen. Que valores lo que tienes, que valores lo que eres y si no estás a gusto con lo que eres, lucha por cambiar a mejor. Eso requiere esfuerzo, lo sé. Muchas veces el esfuerzo de toda una vida, pero se puede conseguir.

Como era costumbre, el niño reaccionó mal. Le estaban atacando. Alguien, aún siendo su venerado abuelo, le estaba reprochando su mala conducta. Le estaba recordando su complejo de inferioridad y no lo soportaba. Y reaccionó, e intentó herir a su abuelo.

Rato más tarde, volvió.

– Abuelo, necesito cambiar. No sé qué me pasa, pero me enfado muy a menudo. No lo puedo evitar. Yo soy así.
– Hijo mío, ¿Harías algo por mí?
– Claro abuelo.
– ¿Ves aquella valla de madera que tapa el jardín?
– Claro abuelo.
– ¿Has visto aquellos clavos grandes que hay en el cobertizo encima del arcón?
– Claro abuelo.
– Pues hijo mío, cada vez que te enfades con alguien y lo hieras, coge un clavo de aquellos, coge un martillo y golpea el clavo hasta que entre totamente en la madera de la valla. Descarga toda tu furia en ellos y piensa, piensa, hijo mío, piensa.
– Pero abuelo, esos clavos son muy grandes y me costará mucho clavarlos en la madera.
– ¿Quieres cambiar?
– Sí.

A partir de entonces, cada vez que el niño se enfadaba, al rato, cogía un clavo y el martillo y se dirigía hacia la valla. Los primeros días, el trabajo era enorme: varios clavos al día. Poco a poco, casi sin darse cuenta, el número de clavos que tenía que clavar en la valla cada día, iba disminuyendo. Con el tiempo, sólo tenía que clavar uno cada varios días. Mucho tiempo más tarde, ya no tuvo que clavar ninguno. Ya no se enfadaba. Se aceptaba tal cómo era, y lo que no aceptaba, luchaba por mejorarlo. Ya no hería a nadie, ya no insultaba a nadie, ya no le levantaba la voz a nadie y si lo hacía, pedía disculpas. Relativizaba todo. Se daba cuenta de la suerte que tenía por respirar sin problemas, por andar sin problemas, por pensar sin problemas, por no pasar hambre cada día, por no esperar la muerte cada día. Y se daba cuenta de que la mayoría de cosas buenas que tenía en su vida, eran las más importantes y que además, no había hecho nada especial por merecerlas. Había aprendido a fijarse en otros niños que iban en silla de ruedas, a otros niños que tenían cáncer, a otros niños que no podían pensar bien, a otros niños que pasaban hambre, a otros niños que no tenían ninguna oportunidad. Y se fue a ver al abuelo.

– Abuelo.
– Díme hijo mío.
– Ya no tengo que clavar más clavos.
– ¿Ya no te enfadas?
– No, abuelo. He aprendido. He aprendido a no enfadarme y si lo hago, enseguida pido disculpas. He aprendido a no herir a nadie aunque me hieran. He aprendido a hacer de las críticas acicates para mejorarme, para hacer las cosas mejor.
– Me alegra mucho oírte decir eso, hijo mío. Ahora ves, y arranca todos los clavos que clavaste.
– Pero…

Y fue. Estuvo varias semanas arrancando los gruesos clavos. Y el esfuerzo no valió la pena.

– Abuelo, ya he sacado todos los clavos pero la valla ha quedado llena de agujeros. Ya no es la misma.
– ¿Y qué esperabas?
– No lo sé.
– Lo mismo pasa cada vez que hieres a alguien.
– Ya, lo he entendido, es como si le clavase un clavo. Pero ahora si me enfado con alguien le pido perdón!!!!
– Ya…
– Ummm…! Gracias abuelo. Te quiero.
– Yo también a ti, hijo mío.

Dedicado a mi abuelo que me crió, que me acompañó toda su vida, que fue mi padre, que tanto me quiso, que tanto quise, que tanto sigo queriendo y que tanto, tanto, me enseñó en la vida. Espero volver a encontrarte.

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